miércoles, 14 de octubre de 2009

4.


Te mando este e-mail por qué me estoy empezando a preocupar. No te has conectado en todo el día, y me dijiste que lo harías. Supongo que te habrás ido a la playa o estarás ocupada con asuntos privados. No me meteré. De todas maneras, soy un chico de palabra, y ayer te prometí que no pararía de contártelo hasta que acabara. No se si lo leerás o no, pero lo prometido es deuda.

Pocos días mas tarde, en la última semana de febrero, Oriol, un amigo de Andrés, le pidió que le acompañara a Badalona a recoger unas gafas que tenía encargadas. Cada vez que Andrés salía con él llegaba a casa muy feliz. Eran geniales las tardes a su lado. Tal vez sería gracias a que Andrés notaba que, de entre todos sus amigos, Oriol, a quién él llamaba Uri, era la única persona que era igual de inteligente que él; o tal vez sería gracias al despilfarro que Uri tenía al hablar y al comunicarse con a gente, esa poca vergüenza que Andrés siempre había querido tener.

Oriol era un chico de unos cinco centímetros más alto que Andrés, de una constitución más bien ancha, pelo corto y muy rizado y unos ojos de color avellana. Él estaba muy acomplejado de su boca: tenía los dientes completamente destrozados y descolocados, aún y así, no le daba vergüenza tener que reírse ante sus amigos. Estos amigos, que la mayoría lo eran de Andrés, también, le consideraban “el payaso del grupo”. Uri, delante de ellos, se limitaba a hacerles reír haciendo payasadas y explicando chistes de humor callejero. Andrés sabía que debía tener una segunda cara escondida.

Fue extraña la manera en la que Uri se comportó aquél día. Era uno de los primeros días que salían ellos dos dolos a dar una vuelta, y no se comportó como se comportaba normalmente cuando iba con más gente. Ese día dejó, aunque solamente fuese una parte, entrever esa cara oculta que Andrés creía que tenía. No hizo tanto “el payaso”, las bromas tenían un tono mucho más sarcástico de lo habitual, y las bromas ya no eran de un humor tan barriobajero, sino que ahora eran de un humor más inteligente. Fuera como fuese, Andrés no supo ver más allá de ese cambio de carácter, y tampoco le dio mayor importancia.
-Buah, tío. ¿Has visto a esa rubia de ahí?
-¿La de la sudadera rosa?
-Sí, sí.
-Bff… como me pone que vallan vestidas así, ¿eh?
-Ya ves…
Se pasaron todo el camino de vuelta discutiendo sobre cómo debería ser una chica para ser su prototipo de mujer ideal. Conversaciones de chicos…

Al volver al pueblo, Marina llamó a Andrés al móvil.
-¿Tienes algo que hacer esta noche, Andrés?
-No… ¿Por?
-Porque voy con Aina a tomar algo a un bar. ¿Quieres venir?
-Estoy con un amigo viniendo de Badalona en bus. Llegaré sobre las 10:00.
-Os esperamos en el Jovi.



Tan solo se tomaron un par de refrescos, excepto Andrés, quién pidió un bocadillo de catalana para cenar. No fue una noche demasiado especial: no hubo demasiada conversación, Andrés no tuvo la soltura que le gustaría tener con Mari y, para colmo, empezaba a darse cuenta que lo suyo no iba por buen camino.

Ya a principios de mes, Dani volvió a decirle a Andrés de ir con él y su novia a cenar. Si venía, también se apuntaría Mari, que tenía muchas ganas de estar con él.
-Está bien, Dani. Iré. Pero me parece que Mari y yo no llegaremos a ninguna parte.
Aquella noche, mientras cenaban y aprovechando que Mari estaba en el servicio, Judith le dijo a Andrés que más tarde les dejarían un rato a solas, que así podrían intimar.
Alrededor de una hora más tarde, llegaron a un pequeño parque.
-Mari, Andrés, ¿os importa que nos alejemos un momento mi novio y yo? Tenemos algo importante que discutir. –Dijo Judith, con mucha picardía.

-Vaya, Mari. Nos han dejado solos aquí. ¿Te apetece sentarse en el banco?
-Sí, vamos… -Dijo Mari tímidamente.
En ese momento estaban Judith y Dani abrazados, sonriendo, sentados en un banco y mirando fijamente hacia la otra pareja.
Andrés estaba sentado en el banco (un poco espatarrado), con una mano en su pierna y la otra apoyada en el banco por detrás de la cabeza de Mari, como si hiciese el amago de quererla coger. A su lado, Mari. Se le notaba muy nerviosa. Tenía las piernas cruzadas encima del banco, las manos cogidas entre sí, encima de las piernas; y su espalda, que no la tenía apoyada en el banco, formaba un perfecto ángulo recto con sus piernas.
-Se te nota bastante tensa, Mari. –Observó Andrés con voz temblorosa.
-Si…Ya ves. Jejeje… Es que, bueno, ya ves. Nos dejan aquí solos y claro… Jejeje. –Dijo tartamudeando.
Andrés nunca antes había estado tan cerca de una chica en una situación tan delicada. No sabía cómo actuar.

 Andrés, después de darle varias vueltas a la cabeza, decidió actuar rápido, de golpe, sin andarse por las ramas. Despegó la espalda del respaldo del banco, la mano que tenía sobre su pierna ahora la apoyo sobre la de Mari, la que tenía sobre el banco la paseó suavemente por la cara de la chica y, lentamente, se aproximó hacia sus labios…
Mari apartó la cara.
-No creo que sea buena idea. –Concluyó Mari.

No pasó mucho más aquella noche.


Espero que te guste, Sara.
A ver si mañana te conectas.

Antonio Cobo González 

jueves, 8 de octubre de 2009

3.


A Andrés, a pesar de no gustarle demasiado esa chica, era la primera que sabía que decía que le gustaba. Él a ella, me refiero. Por lo tanto, vio una puerta abierta hacia una posible relación. Pasaban los días y Andrés veía que cada vez le gustaba más hablar con ella, aunque, de momento, solo fuese por Messenger. De ella supo que era bailarina desde los cinco años.
Un día, Dani propúsole a Andrés de ir a ver bailar a Marina, lo que él acepto con gran agrado.


-¿Y ese vocabulario?
-¿Qué le ocurre?
-Un tanto arcaico, ¿no crees?
-Como se nota que sigues siendo una cría de 17 años…
-¿Buscas pelea?

El baile fue sobre mediados de febrero. Al llegar a la sala, Dani, Judith y Andrés cogieron asiento en la quinta fila, donde ya estaban, guardando asiento, Aina y Carla. El baile empezó. Andrés trataba de encontrar a Marina pero no la diferenciaba de entre las demás. Todas iban vestidas con un vestido largo, unas de rojo y otras de negro, llevaban el pelo recogido, con un hermoso moño adornado con una rosa, unos elegantes zapatos y, algunas, una rosa en la boca.
-Que guapa que va Marina, ¿eh? –Dijo Judit dirigiéndose a Andrés.
-…No consigo verla.
Judit le lazó una mirada de asombro, pero inmediatamente le dijo quién era.
A los diez minutos, la actuación llegó a su media parte.
-Oye, Dani. ¿Por qué no la llamas al móvil y le preguntas que si puede quedar? –Dijo Aina.
Al cabo de unos instantes…
-Hola, Marina. ¿Dónde estás?
-Hoy estoy ocupada, no puedo quedar.
-Vaya, es una lástima…Estamos viendo un espectáculo de baile aquí en el pueblo.
-… ¿Me habéis venido a ver?
-Jajaja! ¿Te sorprende?
-¿Con quién vienes?
-Judith, Andrés, Aina, Carla y yo.
-¿También ha venido Andrés? Ahora bajo a saludaros.
Tan solo pasaron dos o tres minutos hasta que Marina fue a darles dos besos.
-¿Te ha gustado cómo bailo, Andrés?
Andrés de siempre había odiado bailar. De hecho, nunca había pisado una discoteca. Y lo de ver a otra gente bailar…le aburría bastante.
-Sí, bailas muy bien.

Al acabar la noche, Andrés habló un momento con Marina, a solas.


-Que atrevido se nos ha vuelto el chico de repente, ¿no?
-Estate por el cuento, mujer.

-¿Qué te parece si vamos algún día tú y yo a algún sitio?
-Mañana lo hablamos por Messenger, ¿vale?
Eso dejó a Andrés algo desconcertado. Igualmente, tampoco le dio demasiada importancia.

Al día siguiente, Marina le pidió que la acompañara a comprar ropa junto con Aina y Carla.


-Toni, se supone que un cuento debe ser corto, no tan largo y, encima, sin nudo ni desenlace…
-Sara, me gusta escribir, y tan solo me dedico a escribir lo primero que se me pasa por la cabeza… A parte, se que me quede donde me quede del cuento, mañana volverás a preguntar por Andrés.
-Si…Pero no entiendo por qué mencionas al principio a Natasha y luego no vuelve a aparecer en todo el relato…
-Todo a su debido tiempo…
-…
-Y lo primero es lo primero, voy al lavabo.
-¿Era necesario que me lo dijeras?
-Oye, Sara, tengo sueño… ¿te importa si sigo mañana?
-¿Tan pronto? Va, acaba de contarme el día de compras.
-¿Quién me mandaría empezar esto…?

-Lo siento, llego tarde. –Dijo Andrés.
-Bueno…No hay prisa. –Dijo Marina.
El rato que estuvieron esperando el tren fue eterno para Andrés. Fueron diez minutos sin abrir la boca para nada.
-Bueno, ya está aquí el tren. Subamos.
-Sí, claro. Por cierto, Marina…
-Llámame Mari, por favor.
-¿Y Carla y Aina?
-Suben en la siguiente estación.
Por suerte, cuando ya estaban los cuatro montados en el tren, las conversaciones empezaron a cobrar vida, y, una vez en el centro comercial, parecía que todo iba bien.
Aunque con disimulo, Carla y Aina se las apañaban para siempre dejar a Marina y Andrés solos mirando ropa.
-¿Te gusta este vestido?
-Creo que prefiero ese de al lado, que es mas claro.
El grupo pasó una buena tarde de compras, y parecía que la timidez de Andrés, al verse rodeado de la noche a la mañana por tres señoritas, empezaba a desaparecer.
Una vez se despidieron los unos de los otros, a Andrés le tocó volver andando a casa. Por el camino, para su fortuna, se cruzo con Natasha. Tras un saludo inicial, dos o tres frases intermedias y un saludo final, cada uno siguió su camino. A medida que se alejaban, tanto él como ella giraban la cabeza hacia atrás mirándose mutuamente. Incluso llegaron a cruzar alguna mirada.


-A Natasha le gusta Andrés, ¿A que si?
-¿Pretendes que te revele el final del cuento?
-¿Cuento? Esto más bien empieza a parecer una telenovela.
-Yo, mientras siga pidiendo historia, seguiré escribiendo.
-Me has enganchado…Quiero llegar al momento ese que tiene todo cuento de amor: “Y entonces, se miraron a los ojos y se besaron”.
-Hija… que sosa eres. Debes ponerle un poco mas de sentimiento. “Andrés notaba el grosor de los labios de Natasha, su mirada deseante que alternaba entre sus ojos y sus labios, la yema de sus dedos deslizándose suavemente desde la mejilla hasta detrás de su oreja, para después entremeterse por su pelo…”
-Aix… me vas a enamorar solo con este cuento.
-Jejeje…
-Prométeme una cosa, Toni. No dejes de contarme el cuento hasta que no llegues al final.
-No creo que llegue a ser tan bueno como para hacerte llorar…
-Solo quiero que me describas ese momento.
-¿Sabes? No todo lo que bien empieza, acaba bien.
-¿Qué quieres decir?
-La mayoría de historias de amor, lo son también de desamor.
-¿Quieres decir que no podrán verse más o algo así?
-No todo lo bueno dura para siempre, pero cuando algo bueno se va, siempre viene algo mejor.
-¿Seguirás contándome el cuento, mañana?
-Prometido.

lunes, 5 de octubre de 2009

Un día de playa



“Va, tito. Vamos al agua un rato” insistía mi sobrino. “Sí, Javi, sí. Pero espérate dos minutos. Cuando acabe de untarle crema a la tita, juego un rato contigo, ¿vale?” dije yo.
Un rato más tarde, y después de decirle a mi novia al oído que me iba con el niño, me levanté de la toalla, cogí las palas y me fui con mi sobrino al agua.

            Para mi disgusto y, a pesar de ser la hora más calurosa del día, la playa estaba extremadamente llena. Habíamos dejado las toallas a tan sólo unos 5 metros del agua, pero nos separaba un desnivel de casi medio metro. A parte de las palas, también nos habíamos traído una pelota de playa y un cubo para hacer el típico castillo de arena.
            A nuestra derecha teníamos una familia (gitana, seguramente) que, al parecer, había venido bastante mejor prepara que nosotros: una de las dos sombrillas resguardaba del sol a una de las parejas, que compartía una toalla aproximadamente el doble de grande que el resto; mientras que la otra estaba reservada para las mochilas y la nevera. La otra pareja, que era considerablemente más joven y tenía las toallas un poco mas apartadas del resto, estaba absolutamente expuesta al sol. Esta segunda pareja estaba compartiendo un taper de macarrones. A más, había una mujer algo mayor sentada en una de esas sillas plegables. Por último, un niño y una niña pequeños jugaban en la arena a hacer castillos con cubos y palas. Supongo que el hecho de que estuvieran desnudos es bastante irrelevante para su temprana edad.
            Por otro lado, a nuestra izquierda teníamos una pareja de enamorados que parecía estar durmiendo. El chico tenía cogida la chica por la espalda. Debía de ser una posición bastante incómoda para el chico, ya que, mientras un brazo lo dejaba reposar sobre la espalda de la chica, con el otro intentaba hacer una especie de respaldo para su cabeza. Supongo que es esa la razón por la que, en la playa, acostumbramos a descansar cabeza abajo. Antes de irme al agua con Javi, no pude evitar darle un par de vueltas a esta última conclusión: detrás de nosotros había un chico leyendo un libro. El chaval, que no venía acompañado, estaba sentado mirando al mar con el libro sobre las piernas, las cuales las tenía flexionadas en forma de arco. Lo que más me inquietaba de la situación era que al chico no parecía importarle que no estuviéramos un una playa nudista.

            “¡Qué malo eres, piltrafa!” le decía a Javi cada vez que no le daba a la pelota.
“¡Eres tonto! Déjame” me contestaba él.
En realidad, a mi sobrino se le da muy bien el manejo de la raqueta. De hecho, mi hermano tiene pensado enseñarle a jugar a tenis. El niño tiene madera.
            Una de las veces que le pasé la pelota le di en la frente. La pelota es de goma, así que no tendría que doler demasiado. Sin embargo, debido a la impresión que debió de darle, Javi se echó a llorar. Yo me acerqué y, sin poderme contener la sonrisa, le pregunté que cómo estaba. Me figuro que le fastidió que me riera de su desgracia, de modo que rompió a llorar más fuerte aún. “¡Shh! Vamos, ya está cariño” dije. “No querrás que las nenas te vean llorando, ¿no?”. El, defendiéndose me dijo que le había hecho daño. Me acuclillé delante de él, le pellizqué la barbilla y le dije: “Pero si tú estas fuerte, chaval. ¿No ves esos músculos que tienes?”. “Es que la mama me dice que si como mucho me haré tan alto y fuerte como el papa, por eso intento comer mucho” me contestó Javi, inocentemente, entre lágrima y lágrima. Seguidamente le dije que le pagara un puñetazo a mi mano para comprobar su fuerza. “No…que me da vergüenza” dijo él con voz aún llorosa. “Eso es por que no estás tan fuerte como dices… seguro que pegas como una nena” le contesté yo, con ánimos de picarle. El, tras decirme que si que pegaba muy fuerte, le dio un puñetazo a mi mano. “¡Uala! No te pases, que me harás daño” le dije yo, para animarle un poco. Después de eso, le pregunté si quería ir al agua, le cogí en brazos para sentarle en mis hombros cogiéndole de las manos, le dije que si veía como el golpe no había sido para tanto y me lo llevé al agua.
           
            “¿Has visto, tito? Se le ve la pilila a ese hombre de ahí” me dijo mi sobrino mientras señalaba al hombre que estaba enfrente de mi novia. “¿Crees que la tita estará dormida?” le pregunté yo, pensando en lo que me había dicho él. Y tras dos o tres segundos de silencio le dije: “Ven, piltrafa. Vamos a hacerle una broma a la tita”.
            Al cabo de un rato nos acercamos a ella muy cuidadosamente, evitando hacer ruido. “Ponte a su lado, a su lado” le dije en voz baja a Javi. De golpe, Javi volcó un cubo lleno de agua encima de Aída, su tía. Ella dio un berrido de susto, y nosotros dos no podíamos parar de reír. “Qué buena, Javi. ¡Choca esos cinco!” le dije a mi sobrino mientras me reía. Unos segundos más tarde, Aída se dio la vuelta y se quedó sentada en la toalla, con el pelo cubriéndole la cara. Yo, que, en realidad, me sentía un poco mal, me disculpé diciendo que había sido una broma. Aída se levanto de golpe e hizo el amago de abalanzarse sobre mí. Yo, que no me lo esperaba, me eché un poco hacia atrás, con la mala suerte de apoyar el pié izquierdo en falso y quedarme en completo equilibrio durante unos segundos. Mi novia se me acercó con una sonrisa de oreja a oreja y, sin mediar palabra, me empujo en el pecho con el dedo índice.
            Unos segundos mas tarde, después de haber bajado rodando hasta el agua, abrí los ojos. Estaba estirado en la orilla del mar, boca arriba y con los bazos y piernas abiertos. Encima de mí estaba mi novia, de pié y con las piernas estiradas, con las manos sobre las rodillas y flexionando la cintura. Se acercó como para darme un beso y, de golpe, dejo ir una bocanada de agua sobre mí cara. De fondo, escuché decir a mi sobrino que se me veía la pilila: había roto el bañador.